
Francisco Moreno Pazos y María Ruiz Lobato comparten su vínculo con la Cabra Payoya, una vocación que los une al oficio y los desafíos de dar continuidad a una actividad ganadera que forma parte de sus historias familiares.
Hay quienes llegan a la ganadería después de buscar su lugar en otros oficios y quienes han crecido en el campo entre animales, aprendiendo desde pequeños los ritmos y las exigencias del día a día. Para Francisco Moreno Pazos y María Ruiz Lobato, la Cabra Payoya forma parte de sus vidas desde la infancia. Ambos han encontrado en la ganadería una profesión a la que quieren dedicar su futuro, aunque conocen bien las dificultades que implica mantenerla.
En esta segunda entrega de nuestra serie de entrevistas dedicada al relevo generacional, sus historias permiten acercarnos a dos momentos diferentes de ese proceso: el de quien ha visto crecer su propio rebaño y el de quien espera continuar el trabajo de las generaciones anteriores. Dos experiencias que comparten una misma convicción: seguir dedicados a la Cabra Payoya y mantener su vínculo con el territorio.
Crecer junto al rebaño
Para Francisco Moreno Pazos (Ubrique), dedicarse a la ganadería fue una decisión que surgió de manera natural. «Nací en el campo y fui cogiendo vínculo con los animales y, en especial, con mis Payoyas», recuerda. Con el paso de los años, esa relación se fue haciendo cada vez más estrecha, hasta el punto de que hoy no concibe su día a día sin ellas. Su historia está ligada también al crecimiento de su rebaño. «Para mí mi rebaño es especial porque hemos ido creciendo a la vez», explica. A medida que él se hacía mayor, también aumentaba el número de animales, construyendo una ganadería que hoy representa uno de sus mayores motivos de satisfacción. Pero trabajar con animales implica enfrentarse también a momentos difíciles. Francisco reconoce que una de las situaciones que peor lleva es ver enfermar a alguna de sus cabras. Aunque sabe que las enfermedades forman parte de la realidad de cualquier ganadería, no puede evitar preguntarse qué podría haber hecho para prevenirlas. Esa preocupación por el bienestar de sus animales convive con el orgullo de contemplar el rebaño que ha conseguido formar.
De la Cabra Payoya destaca especialmente su diversidad de capas y su adaptación al medio. Para Francisco, es una raza particularmente preparada para vivir en el campo, una característica fundamental en su manera de entender la ganadería y el manejo de los animales.

La voluntad de continuar una historia familiar
María Ruiz Lobato (Villaluenga del Rosario) también ha crecido rodeada de cabras. En su familia, el oficio se ha transmitido durante generaciones: su padre, Fernando Ruiz Pino, sus abuelos y sus bisabuelos se han dedicado a la ganadería. «Yo creo que me viene en la sangre», comenta. Desde pequeña ha acompañado esa actividad familiar y tiene claro que quiere convertirla en su profesión.
Aunque todavía no cuenta con un rebaño propio, considera los animales de su padre como suyos. Su principal aspiración es poder continuar algún día con la ganadería familiar y conservar todo el trabajo realizado hasta ahora. Si las circunstancias no se lo permitieran, tampoco descarta comenzar con sus propios animales. Lo que tiene claro es que quiere seguir vinculada a la ganadería.
María conoce bien el carácter de la Cabra Payoya. La describe como una cabra con «más genio, más poderío», especialmente adaptada a las condiciones de la sierra. Esa adaptación es una de sus principales fortalezas, aunque también hace que su manejo resulte exigente en un territorio de pendientes y monte.
Junto a su carácter y su variedad de capas, destaca la calidad de su leche, estrechamente relacionada con los recursos que aprovechan los animales en los pastos de la sierra. Una muestra de la relación que existe entre la raza, su alimentación y el territorio en el que se ha criado durante generaciones.

Los desafíos de seguir trabajando en el campo
Cuando se les pregunta por el futuro, las preocupaciones de Francisco y María apuntan a dos cuestiones fundamentales para la continuidad de las ganaderías.
A Francisco le inquieta especialmente la posibilidad de que la raza termine perdiéndose por falta de personas dispuestas a continuar con el oficio. «Cada vez son menos las personas que quieren ser ganaderos», lamenta. A pesar de las dificultades, insiste en que se trata de una profesión «muy dura, pero muy bonita».
María, por su parte, pone el foco en las condiciones económicas. El precio de los piensos, los pastos, los medicamentos, el combustible o los materiales necesarios para mantener los cercados supone una preocupación constante para su familia y para otras muchas ganaderías. Son gastos que condicionan la viabilidad de las ganaderías y, con ella, las posibilidades reales de que las nuevas generaciones puedan incorporarse al sector. Por eso, cuando anima a otros jóvenes a dedicarse a la ganadería, María no oculta las exigencias del trabajo. «Es una profesión muy dura y dedicada, pero a la vez muy bonita», señala. Su consejo es que quienes quieran intentarlo lo hagan, pero siendo conscientes de todo lo que conlleva.


Las historias de Francisco y María nos recuerdan que el relevo generacional es un proceso que no sólo comienza cuando alguien se jubila. Se construye mucho antes, en la convivencia del día a día con los animales, en los conocimientos que se transmiten dentro de las familias y en las decisiones de quienes encuentran en el campo una posibilidad de futuro. Sin embargo, la vocación no basta por sí sola para garantizar este relevo. Es necesario que existan condiciones que permitan desarrollar la actividad ganadera y sostener económicamente las ganaderías. De ello depende también la conservación de razas autóctonas como la Cabra Payoya, cuyo futuro está estrechamente unido al de las personas que trabajan con ella y la crían.
Desde la Asociación de Criadores de raza caprina Payoya, seguimos compartiendo las historias de las nuevas generaciones de ganaderos y ganaderas, conscientes de que conservar la raza también significa trabajar para que quienes quieran continuar este trabajo puedan hacerlo. Detrás de cada rebaño de Cabras Payoyas hay años de trabajo y conocimientos, pero también jóvenes que han decidido hacer del campo su presente y su futuro.
Lee la primera entrega de esta serie, en este enlace




