
El relevo generacional es uno de los grandes retos de la ganadería y de la conservación de las razas autóctonas. Rita Millán Luna y Raúl Alfonsín Núñez Mendoza cuentan qué significa continuar una ganadería familiar de Cabra Payoya: lo aprendido de quienes estuvieron antes, las dificultades del presente y las preguntas que acompañan al futuro.
Hacerse cargo de una ganadería familiar no consiste únicamente en continuar un negocio. Supone recibir años de trabajo, conocimiento y selección; aprender a manejar animales adaptados a un territorio concreto; asumir una forma de vida exigente y enfrentarse a un sector marcado por la burocracia, la falta de mano de obra y unos márgenes económicos cada vez más estrechos.
Para Rita Millán Luna, tomar el relevo de su padre ha sido «un proceso complicado, pero también un reto personal». Continuar con un negocio familiar, explica, «tiene su peso, pero también tiene su satisfacción». Su aprendizaje comenzó mucho antes de incorporarse formalmente a la ganadería. A la formación práctica adquirida durante toda una vida en el negocio familiar ha sumado formación oficial en cursos realizados por toda Andalucía, en IFAPA, cooperativas y asociaciones. En su caso, hablar de los animales es también hablar del trabajo de la generación anterior. «Mi rebaño para mí es muy especial, es un rebaño hecho con muchos, muchos años de trabajo y esfuerzo de mis padres», señala. Para Rita, la Cabra Payoya tiene «un carácter muy especial en todos los aspectos»: por su morfología, sus capas, su manejo y, especialmente, por ser «un animal adaptado al medio donde vive»

También Raúl Alfonsín Núñez Mendoza llegó a la ganadería a través de un relevo familiar. Natural de Ubrique, trabaja con Cabra Payoya en la finca El Saltillo, en Villaluenga del Rosario, a más de mil metros de altitud y en pleno Parque Natural de la Sierra de Grazalema. Su vida, cuenta, siempre ha estado relacionada con el campo. Hace cuatro años se incorporó a la ganadería cuando se jubiló su suegro, continuando así con un rebaño que éste había recibido de su propio abuelo. Desde este invierno forma además parte de la Asociación de Criadores de raza caprina Payoya, «con el objetivo de potenciar y conservar la raza». Las condiciones de su ganadería determinan buena parte del trabajo cotidiano. Raúl describe a las Payoyas como «cabras con mucho carácter y poderío» y explica que, al mantenerse en extensivo, su manejo puede resultar especialmente exigente porque «siempre tiran para el monte». Por eso, desde que comenzó, uno de sus principales retos ha sido conseguir «un rebaño dócil y manejable», de manera que el día a día resulte más llevadero teniendo en cuenta las dificultades. Ese objetivo, explica, ha sido al mismo tiempo uno de sus mayores logros.

Los dos coinciden en algo fundamental: dedicarse a la ganadería exige vocación. Rita aconseja a quienes estén pensando en quedarse o volver al campo que se formen bien y tengan paciencia, también frente a los trámites administrativos: «Que esto es vocacional, que tiene su sacrificio, pero la recompensa es mayor. Que se formen bien, que tengan paciencia con la administración, que la burocracia aburre». Raúl insiste también en esa doble cara del oficio: «El trabajo del campo es muy duro pero a la vez es gratificante». Hay momentos buenos y otros especialmente difíciles, como el último invierno, marcado por numerosas pérdidas. Aun así, anima a quienes disfrutan del campo y de los animales a incorporarse al sector: «Es un oficio duro pero muy bonito».
Junto a la vocación aparece, sin embargo, una preocupación compartida: la falta de reconocimiento económico y social del trabajo ganadero. Rita teme que ganaderías como la suya terminen desapareciendo porque llegue un momento en que resulte imposible sostenerlas económicamente. «No se valora nuestro producto, no nos facilitan la burocracia, no se encuentra gente para trabajar, no se valora el trabajo que hacemos para el ecosistema», resume. Raúl pone igualmente el foco en el precio de los productos lácteos y cárnicos. «Los precios son bajos para los que criamos y alimentamos los animales y muy caro para los consumidores, por lo que el ganadero gana poco y el consumidor paga mucho, al final todo se lo lleva el intermediario». Pero junto al problema de sostener el presente aparece otra pregunta inevitable: quién vendrá después. En una ganadería de difícil acceso como la suya, Raúl sabe que encontrar a alguien dispuesto a continuar no será sencillo. La propia localización de la finca, a la que no se accede con la facilidad habitual de coches y carriles, añade una dificultad más. «No sé si encontraré otro valiente como yo», reconoce.
Los testimonios de Rita y Raúl muestran que el relevo generacional va más allá que sustituir y continuar el trabajo de quien se jubila. Lo que se transmite son rebaños construidos durante décadas, conocimientos acumulados, formas de manejo, vínculos familiares y una relación única con el territorio. También se lega una raza que no puede entenderse separada de los paisajes donde se ha criado y seleccionado durante generaciones. En ese proceso, la Asociación de Criadores de raza caprina Payoya trabaja para acompañar a las ganaderías, favorecer el intercambio de conocimientos y contribuir a la conservación y puesta en valor de la raza. Conservarla no es sólo preservar un patrimonio genético: es lograr que, cuando una generación se retire, haya otra que abra la cancela, salga de nuevo con el rebaño y mantenga vivo ese vínculo entre la cabra Payoya, el oficio y el territorio.







